Aventuras en el Far West (II)

Clásicos salgarianos #6. Tres aventuras que se desarrollan en el Far West de la América del Norte, el país de los cowboys, de los indios y de las minas de oro.:

Los mineros de Alaska
Aventuras entre los pieles rojas
La Soberana del Campo de Oro
Versiones íntegras y anotadas.

Opiniones

Las novelas de Emilio Salgari merecen un trato aparte. El novelista italiano fue leído con pasión por la juventud española a lo largo de al menos 40 años. " ~ Enque Fernández de Córdoba y Calleja.

Salgari mantiene en Los mineros de Alaska el fuego sagrado, por así decirlo, de la mejor escuela del género en que es uno de los maestros. Nada falta en esta magnífica novela. Ni el vigor ni el interés creciente del argumento, ni la calidad insuperable dela descripción de tipos y ambientes, ni el rigor científico amablemente ameno. Es, pues, la presente narración, una pequeña joya que el lector, a buen seguro, sabrá apreciar en sus por tantas razones delicados matices. Alaska, el Eldorado, los buscadores de oro, los pieles rojas insumisos, el terrible oso gris de las montañas. . . ~ El culto.es

La Soberana del Campo de Oro y El Rey de Los Cangrejos: Experiencias arriesgadas de los indios navajos y de los apaches; por fondo, el panorama más bárbaro y grandioso que puede ofrecer la Naturaleza. Tratándose de una novela de Salgari, cada momento de peligro es sucedido por otro aún más arriesgado. ~ El culto.es

Los mineros de Alaska

Bennie y Buck son dos cowboys que durante el transporte de un rebaño salvan al señor Falcone y su joven sobrino Armando de las manos de los feroces indios crow. El señor Falcone, agradecido por la ayuda recibida, convence a los cowboys para que les acompañen como escolta en su viaje hacia el Klondike, zona famosa por la existencia de pepitas de oro.

Capítulo 1

El herido

—¡ALERTA!
—¡Cuerno de bisonte!
—¡Levántate, Bennie!
—¿Arde la pradera?
—No.
—¿Se escapa el ganado?
Un clamor ensordecedor, mezcla de aullidos estridentes, de ladridos y mugidos, estalló de súbito en lontananza, rompiendo de pronto el profundo silencio reinante en la inmensa pradera que se extiende desde el Pequeño Lago de los Esclavos casi sin interrupción hasta el río Athabasca y al pie de la gigantesca cadena de las Montañas Rocosas.
Se oían gritos aulladores de hombres, ladridos de perros, mugidos de bueyes espantados.
—¿Qué sucede, Bennie?
El llamado así no respondió; se había puesto en pie bruscamente, echando a un lado la manta que le cubría, y, asiendo la carabina de percusión central que yacía a su lado, se lanzó fuera del enorme carro.
La pradera estaba sumida en densas tinieblas, no alumbrándola ni luna ni estrellas. Sólo acá y allá brillaban como olas de puntos luminosos que descendían y se elevaban caprichosamente, trazando líneas de plata o verde pálidas de fantástico efecto.
Sin embargo, en torno del carro se divisaban masas negras en gran número, mugiendo, aullando y buscando refugio junto al monumental vehículo, contra el cual chocaban confundidas.
—¡By god! —gruñó el que salía del carro, preparando un fusil como si temiese un ataque imprevisto—. ¿Qué sucede en la orilla del río?
Sonó una detonación de aquella parte; una detonación seca, muy distinta de la de una carabina.
—Ha sido un tiro de Winchester, Bennie —exclamó una voz tras él.
—Sí, Buck.
—El arma favorita de los indios.
—Tienes razón.
—¿Habrán desenterrado el hacha de guerra esos condenados pieles rojas?
—Lo ignoro, Buck; pero te aseguro que a la orilla del lago sucede algo grave.
—¿Intentarán esos bandidos algún golpe de mano contra nosotros? Estas doscientas cabezas de ganado pueden tentarles, Bennie.
—Lo sé.
—Tanto más, cuanto que no deben de ignorar que estamos los dos solos.
—Es verdad.
—¿Oyes?
Los gritos, que por algunos instantes habían cesado, estallaron de nuevo hacia el Norte, donde se divisaba confusamente una línea bastante oscura, quizá algún bosque; y a la gritería siguieron primero varios disparos aislados y luego verdaderas descargas.
Se distinguían las detonaciones de los Winchesters de repetición, las más sonoras de los rifles, y tal cual más breve de revólveres, como si se librase en las tinieblas un furioso y encarnizado combate, indudablemente entre indios y blancos.
—¡Satanás! —gritó Buck impaciente —. ¡Allí están luchando! ¿Vamos a ver lo que sucede, Bennie?
—¿Y el ganado que nos ha confiado el señor Harris? Si a la vuelta no le encontrásemos…
—¡No se escapará, Bennie!
—Por sí solo, no, naturalmente; pero si lo hacen huir esos malditos pieles rojas…
—Si están ocupados allá, no pueden hallarse acá.
—¡Hum!… ¡Son tan astutos!…
—¿Y qué?
—Que quizá fingen que se baten para acercarse y robarnos.
—¡Hum!
—¿No lo crees?
—¿No oyes los disparos de revólver? Los indios no han tenido nunca armas de esa clase. ¿Qué hacemos?
—Estate tú aquí, y yo iré a ver lo que pasa.
—Vas a hacerte arrancar la cabellera.
—¡Bah! ¡El Nube Roja me conoce!
—¡Sí; fíate de ese sachem !
A todo esto, los gritos se habían hecho tan agudos, que los dos amigos casi no podían entenderse, y las detonaciones de las tres armas mencionadas se sucedían sin interrupción, armando ensordecedor estruendo.
No cabía duda; en el bosque de la ribera del Athabasca se libraba rudo y sangriento combate.
¿Eran dos tribus de indios que luchaban entre sí para procurarse cabelleras que llevar como trofeo a la aldea para adornar sus wigwams (tiendas), o un asalto a alguna colonia de emigrantes procedentes del Oeste? Esta segunda hipótesis era más probable que la primera, pues en los tres meses que Buck y Bennie llevaban morando en aquella parte de la pradera, nunca habían visto aparecer tribu alguna contra los famosos guerreros de Nube Roja, el jefe de los crow y de los atsina.
El furioso tiroteo duró cinco minutos casi sin interrupción, aterrorizando a caballos y bueyes refugiados en torno del carro; luego cesó bruscamente.
Todavía se oyó a lo lejos, y de vez en cuando, algún disparo aislado; mas al fin cesaron todos los rumores, y el silencio más absoluto recobró su imperio en la gran pradera.
—¡Satanás! —exclamó Buck, que había escuchado vivamente emocionado —. ¡Se acabó!
—¡No quisiera haberme hallado en la piel de los vencidos! —murmuró Bennie—. Los pobres diablos habrán sufrido todos la horrorosa operación de arrancarles la cabellera. Esos guerreros de Nube Roja parece que hacen colección.
—¡Mucho ojo, Bennie!
—¿Temes algo?
—Los indios ensoberbecidos por su victoria, pudieran emprenderla con nosotros.
—No sería extraño. Y estando los dos solos…
—Y lejos de todo centro habitado.
—¡Montemos a caballo, Buck! Estaremos más seguros en nuestros corceles que en el carro. Desde luego, podremos distinguir al enemigo a distancia y evitar que nos sorprenda echándosenos encima de improviso. ¡Ah! ¡Si ya lo decía yo! ¡No puede uno fiarse de esos farsantes! ¡La pipa de la paz! ¡Bah! Antiguamente, el que había fumado una vez el calumet con los pieles rojas podía considerarse amigo, pero ahora… ¡A caballo, Buck! Comienzo a no creerme muy seguro. ¿Tienes tu revólver?
—Y mi machete.
—¡Perfectamente!
El llamado Bennie lanzó un silbido breve y sonoro; su compañero le imitó.
Entre los animales agrupados estrechamente alrededor del carro se produjo cierta confusión; parecía como si algunos quisieran romper las filas vivas que los rodeaban y encerraban; luego se vio separarse de la masa de bueyes y caballos hacinados dos bultos gigantescos que se lanzaron, relinchando, en dirección de nuestros amigos.
Eran dos magníficos potros de la pradera, de cabeza chica, pequeños, vigorosos, de piernas delgadas y nerviosas, de ancha grupa y cola tan larga, que casi les llegaba al suelo. Dos preciosos ejemplares.
Estos caballos, que todavía abundan mucho en las vastas praderas del oeste de Norteamérica, lo mismo que los que pueblan las pampas sudamericanas, se hallan en estado salvaje, y son fuertes, resistentes e incansables, no obstante su menguada estampa.
Descendientes de los importados por los españoles en América poco después del descubrimiento y conquista de aquel inmenso continente, se multiplicaron de tal manera, que en quince o veinte años se diseminaron por toda la superficie del Nuevo Mundo, formando, en libertad, una raza que sustituyó a la indígena, la cual desapareció misteriosamente, no sé si por obra de los indios o por alguna epidemia.
Los dos potros, ya domados, acudieron obedientes al silbido de sus dueños, y acariciaron con su hocico las espaldas de ambos amigos, lanzando un prolongado relincho.
—¡A caballo! —mandó el llamado Bennie.
De un admirable salto, y sin apoyarse en los estribos, ambos montaron, empuñando las riendas y tratando de descubrir con la mirada lo que sucedía en el confín del horizonte.
—¿Ves algo, Bennie? —preguntó Buck después de algunos instantes de silencio.
—Absolutamente nada. Parece que la pradera ha recobrado su tranquilidad.
—Si nos llegásemos hasta la orilla del río…
—¡Hum! ¿Tú crees…?
—Tengo curiosidad de saber lo que ha ocurrido allá.
—Lo primero para mí es no perder el ganado, Buck. ¿Quién me asegura que los pieles rojas no están espiándonos, con la esperanza de ver que nos alejamos?
—¡Bah! Y si los indios cayesen sobre nosotros para robarnos el ganado, ¿quién se lo impediría, Bennie? Dos carabinas son muy poca cosa para contener a esos arrancadores de cabelleras.
—Ya lo sé; pero, sin embargo, prefiero estarme aquí, Buck. Mañana, al alba, una vez seguros de que la pradera está desierta, iremos a ver lo que ha pasado en la ribera.
—¿Habrá habido un verdadero combate?
—No me cabe duda, Buck.
—¿No habrá sido una falsa alarma, una treta para alejarnos de aquí?
Bennie iba a responder cuando se oyó a lo lejos un aullido estridente, mezcla de triste y lúgubre.
—¿Has oído, Buck? —preguntó Bennie, alargando la cabeza como para oír mejor.
—¿El aullido de un lobo?
—Sí; pero ¿sabes lo que significa?
—Que ese voraz animal ha topado con cadáveres que le sirven de pasto.
—Indudablemente, Buck. En la ribera del Athabasca se ha librado un combate, y los lobos se preparan a proporcionarse un festín con las víctimas.
—¡Sólo de pensarlo me dan escalofríos, Bennie!
—¡Bah! ¡Porque eres novato en la pradera! Cuando seas veterano en estas sabanas del Gran Oeste… ¡Ah! Yo he visto muchas otras escenas, y he luchado con lobos mucho más voraces. ¡He presenciado verdaderos horrores en la pradera!
Al primer aullido que había resonado en la lejanía pronto sucedió otro, y luego un tercero, seguido por un cuarto y un quinto.
Los ladrones de cuatro patas, atraídos por el olor de la carne fresca, llamaban a sus compañeros para que disfrutasen del banquete y rematar a los heridos que hubiera entre los cadáveres.
—¡Bennie! —exclamó emocionado Buck—. Si hubiese entre las víctimas algún herido a quien pudiéramos salvar… ¿No podríamos sustraer a alguno de los dientes de los lobos?
—Sí, puede que haya algún herido; pero ¿en qué estado lo hallaremos? ¿Crees que los indios no le habrían arrancado la cabellera?
—Pero he oído decir que no todos los hombres que padecen tan horripilante operación mueren.
—Cierto; y yo he visto a varios que han vivido aún muchos años. Mi amigo Tador, por ejemplo, vaquero del señor Wood, sufrió esa operación, y está sano y robusto, si bien de vez en cuando padece fuertes dolores de cabeza, especialmente cuando cambia el tiempo.
—Ya ves, pues, que podríamos salvar a alguno.
—¡Hum! ¿Y los animales?
—Dentro de una hora apuntará el alba.
—No digo que no.
—Si los indios no se han aprovechado de las tinieblas para atacarnos, no se atreverán a hacerlo ahora que los astros comienzan a palidecer. ¿No oyes los aullidos de los lobos grises?
—Son los coyotes, Buck.
—También son peligrosos cuando se reúnen en gran número, Bennie.
—¿Y…?
—¿Vamos?
—¡Sí! —dijo Bennie, tras breves momentos de vacilación—. Pero hagamos primero una inspección para ver el estado de nuestros animales. ¡Desconfío mucho de los pieles rojas!
—Hagámosla.
Poniendo los caballos al galope, dieron una vuelta al amplio círculo en que se habían refugiado los animales, amontonándose en torno del carro y formando una masa enorme que se distinguía entre las tinieblas, reunieron los bueyes y los caballos, que se habían quedado algo apartados del montón, y continuaron dando vueltas cada vez más anchas y de mayor diámetro para convencerse de que no había indios acechando detrás de las altas hierbas.
Luego, persuadidos de la ausencia de los pieles rojas, dirigieron sus cabalgaduras hacia el Norte. Por aquella parte el horizonte hallábase limitado por una faja bastante oscura, que debía ser la linde de algún bosque.
Los astros comenzaban a palidecer lentamente, y de Oriente surgía una luz pálida que se difundía por el cielo.
Algunas avecillas se alzaban de entre los matorrales o bosquecillos, y describían en el aire caprichosos giros, lanzando de vez en cuando un trino como primer saludo al astro diurno que iba a aparecer, y los grillos, escondidos entre las altas hierbas, comenzaban a interrumpir su monótono concierto.
En cambio, a lo lejos, hacia la ribera, resonaban todavía los lúgubres aullidos de los lobos y los tristes ladridos de los coyotes, verdaderos lobos de la gran pradera de la América septentrional.
Bennie y Buck cabalgaban con las piernas flojas para estar prontos al primer peligro a saltar a tierra, llevando preparadas las carabinas de percusión central, y mirando atentamente entre las altas hierbas que podían ocultar cualquier emboscada de los indios.
Ya hacía veinte minutos que galopaban sin haberse dirigido la menor palabra ni trocado la más mínima observación, temiendo a cada paso una sorpresa, cuando Bennie detuvo bruscamente su caballo, obligándole a doblar las rodillas.
—¿Qué ocurre? —preguntó Buck, dispuesto a la ofensiva como a la defensiva.
—Mira allá, a la margen del bosque que bordea el río. ¿No ves nada?
—¡Calla, sí! ¡Cualquiera diría que es un carretón medio volcado!…
—Ayer no estaba.
—¡Ya se ve que no! Al mediodía estuve cazando por acá y no lo vi.
—Eso significa, Buck, que no se trataba de una falsa alarma, sino de un verdadero combate. Vamos a encontrarnos varios pobres emigrantes horriblemente mutilados.
—¡Vamos a verlo! ¿No ves los lobos agrupados en torno del carro?
—¡Sí; por cien mil cuernos de bisonte! —contestó Bennie arrugando el entrecejo—. ¡Esas sangrientas fieras están devorando los cadáveres!
Adelantemos con prudencia y con los fusiles preparados.
Espolearon ligeramente a sus caballos y adelantaron con toda precaución, observando atentamente tanto el carro como los matorrales próximos.
La luz, que aumentaba con rapidez, permitía percibir casi distintamente lo que había junto al bosque costero del Athabasca. El carro era ya del todo visible; un carromato grande, macizo, pesado, de los que usan los emigrantes de las regiones orientales, verdaderas fortalezas ambulantes arrastradas por seis y a veces ocho pares de bueyes o de caballos.
El enorme toldo arrastraba por tierra medio roto, y el carro, bien por haber perdido una rueda o por haberse hundido en un bache o hendidura del terreno, estaba medio volcado hacia la derecha. Ante el vehículo yacían algunos caballos, sobre los cuales revoloteaban varios buitres.
Más allá se veía un grupo de quince o veinte animales semejantes a nuestros lobos, pero con hocico de zorros, pelo largo amarillento, cuerpo robusto y de sesenta a setenta centímetros de largo; eran los coyotes o «lobos de la pradera».
Al ver acercarse a los jinetes, se prepararon a retirarse, enseñando las fauces ensangrentadas y lanzando breves y continuados ladridos.
—¡Ah, diablo, condenados traga muertos! —gritó Bennie, amenazándoles con su carabina, en tanto que el caballo, espantado por los ladridos, se encabritaba.
—¡Mira! —exclamó en aquel instante Buck, refrenando su corcel y señalando a un bulto tendido en tierra.
—¿Qué?
—¡Un hombre a quien han arrancado la cabellera!
Bennie se había alzado sobre los estribos; se encorvó y se fijó en el hombre, alto y fornido, que yacía entre las altas hierbas, vestido de pana azul oscura, y ceñida al cuerpo una cartuchera llena por la mitad de cartuchos. Usaba botas altas de cuero sin curtir.
Se cubría el rostro ensangrentado con las manos. Su cráneo daba horror. Arrancada su cabellera con el cuero cabelludo con la habilidad y práctica común a los indios, en vez del pelo y la piel se veían cavidades, huesos y grandes coágulos de sangre.
—¡Indeseables! —gritó indignado Bennie.
—¡Y mira allá dos indios que cayeron uno sobre otro! —dijo Buck—. Lo que prueba que ese valiente no ha sucumbido sin lucha. ¡Qué horrible cosa, Bennie!
Ya iban a pasar adelante, cuando notaron que el desgraciado hacía un leve movimiento con una mano, y luego le oyeron murmurar débilmente:
—¡Agua! ¡Agua!