Buscadores de tesoro:

Clásicos salgarianos #9. Una antología de cuatro clásicos de aventuras:

La Cimitarra de Buda
El Tesoro de los Incas
La Montaña de Luz
El Tesoro de la Montaña Azul

Versiones íntegras y anotadas.

Opiniones

La Montaña de Luz: "Libro muy típico de Salgari. Aventuras en la India salvaje, personajes bien desarrollados, muy descriptivos de los lugares y una historia amena y ligera." ~ necaxman, lecturalia.com

El tesoro de los incas: "No es una gran novela a nivel literario, aunque posee innumerables méritos y puede que el más importante sea el hecho de ser capaz de transportarte allende los mares, allá donde los peligros y la emoción de la búsqueda de un fabuloso tesoro son el motor que permite que el lector se quede pegado a esas viejas páginas hasta el final." ~ Óscar Hernández Campano, culturamas.es

El Tesoro de la Montaña Azul

Nueva Caledonia, 1867. Don Fernando De Belgrano es un armador del que nada se sabe desde que naufragó mientras exploraba nuevos territorios. Años después el capitán Rodríguez encuentra en el mar unos documentos en los que Don Fernando de Belgrano, a punto de morir, relata sus aventuras y da cuenta de la existencia de un enorme tesoro que llega a sus hijos, Don Pedro y Mina. Informados de estos hechos por el capitán Rodríguez, Don Pedro y su hermana Mina parten en su búsqueda.

Capítulo 1

El huracán

—¡EH, MUCHACHOS! ¡ESO no son ballenas! Son los ribbonfish que salen a la superficie. ¡Mala señal, amigos!
—Usted siempre gruñendo, contramaestre —dijo la voz casi infantil de un grumete.
—¿Qué sabes tú del Océano Pacífico y de sus islas, chiquillo, si apenas hace unos meses que has dejado de mamar?
—No, contramaestre, tengo dieciséis años cumplidos, y soy hijo de un marinero.
—Sí; acaso de agua dulce. Apostaría que nunca has salido del puerto de Valdivia y que ni siquiera, sabe guiar tu padre una balsa.
—Era chileno como usted, contramaestre y…
—Pero no marinero como yo, que hace cuarenta y siete años que navego.
—Os digo que…
—¡Rayo de sol! ¡basta! —gritó el contramaestre—. ¿Te quieres burlar de mí, Manuel? ¿Sabes tú cómo pesan mis manos? ¿No? Si continúas ya te las haré probar.
—Sois demasiado irascible, contramaestre.
—Échate afuera, mozo cocido (chico cobarde).
—¡Oh! Contramaestre, eso es demasiado. Os equivocáis al tratarme así.
—¡Chiquillo!
—¡Oh, no! Yo soy un mozo crúo. (chico valiente)
Quién sabe lo que habría durado, continuando en aquel tono, la disputa, con gran contentamiento de la tripulación que asistía riendo a aquel cambio de cumplimientos, cuando la aparición imprevista del comandante hizo cerrar de golpe todas las bocas.
El capitán del Andalucía era un hermoso tipo de chileno, con tres cuartos de sangre española en las venas y el otro cuarto de araucano, moreno como uno de los indómitos guerreros de los Andes, con ojos negrísimos y aterciopelados y todavía ardientes, aunque ya pesaran sobre las espaldas de aquel hombre de mar, más de cincuenta primaveras.
Su estatura era casi gigantesca, más de americano del Norte, que meridional, con poderosa espalda y cuello de toro…
Su perfil era también bellísimo, aunque la larga barba que le encuadraba el rostro, todavía negra a pesar de la edad, le daba cierto aspecto de bandolero.
Debía haber oído las últimas palabras, cruzadas entre aquel eterno descontento y el joven marinero Manuel, un pilluelo de tres suelas, que tenía gusto en ver al lobo de mar incomodado, porque se volvió de repente al primero, diciéndole de manera bondadosa:
—¿Qué pasa, Retón? Siempre te estoy oyendo, gruñir, viejo mío.
—Siempre me están contradiciendo, don José —respondió el contramaestre—. ¿Pues qué? ¿He nacido yo acaso ayer? No es la primera vez que veo los ribbonfish.
—¿El ribbonfish decís?
—Sí, capitán.
—¿Salen a flote?
—A docenas.
La frente del capitán se había ensombrecido. Alzó la cabeza y la giró a su alrededor, mirando el cielo en todas direcciones.
—Sin embargo, no se divisa una nube y el viento es moderado —murmuró—. Verdad es que estamos en la región de los saltos repentinos de viento y que la Nueva Caledonia sólo está de aquí a un centenar y medio de millas.
Después, volviéndose hacia el contramaestre, que esperaba ser interrogado, le dijo:
—Enséñame esos ribbonfish.
—No tiene usted más que acercarse a la borda, don José; aparecen por todas partes.
El capitán sacudió varias veces la cabeza y se acercó a la mura de babor, inclinándose sobre la borda.
—Es cierto —murmuró—. Salen; mala señal. Tendremos algún terrible salto de viento, de los que soplan por esta parte. ¡Pobre señorita Mina! ¡Ella que tiene tanto miedo a las borrascas!
Alrededor del magnífico velero, que una fresca brisa de Levante empujaba hacia Nueva Caledonia, surgían por grupos, de las profundidades del Pacífico, peces largos de unos dos o tres metros, semejantes a gruesas anguilas, aplanados por los lados, cubiertos de pequeñas escamas, con las aletas poco desarrolladas y el hocico alargado, con la boca medianamente abierta.
Eran los llamados listoncillos que se encuentran en gran número en las aguas del Grande Océano.
Su carne es pésima, tanto, que únicamente la comen los habitantes de Nueva Caledonia, y es una verdadera desgracia, porque aquellas anguilas pesan con frecuencia hasta ciento cincuenta kilogramos.
Ordinariamente están siempre a grandes profundidades, pero al avecinarse alguna terrible borrasca salen en gran número a la superficie como para avisar al navegante del peligro que le amenaza.
Los ribbonfish se deslizaban agilísimos a lo largo de los costados de la nave, siguiéndola en su carrera, encontrándose a menudo los unos con los otros, lo que causaba la pérdida de las colas, que son muy frágiles.
—¿Me había engañado, capitán Ulloa? —preguntó el contramaestre, acercándose a la borda.
—No, viejo Retón, y tenías razón para murmurar —respondió el comandante, que parecía preocupado.
—¿Qué anunciarán estos peces?
—Seguramente algún gran salto, de viento. Apostaría que a estas horas soplan sobre las montañas de la Nueva Caledonia aquellas malditas ráfagas que nosotros llamamos williwaws y que son el terror de los navegantes.
—Sin embargo, mirando al cielo no se diría —respondió el contramaestre, metiéndose en la boca un trozo de tabaco—. No se ve en el cielo ni siquiera un cirrus.
—No nos burlemos de esa calma, Retón. Esconde acaso una traición que puede ser terrible. Nos hallamos en malos parajes, y sabes, como yo, que aquí las olas se elevan más que en ninguna región del mundo.
—¡Mil diablos! Lo he comprobado por tantos años, que si me permitís, capitán, os daría un consejo.
—Di, pues, Retón.
—Renunciar por el momento a lograr la bahía de Balabio y ponemos en seguro detrás de la barrera de rompientes que corre paralelamente a las costas de la isla. Allí dentro, don José, podríamos esperar, sin correr gran peligro, a que el huracán se calme.
—¡Las rompientes! Esas son las que me dan miedo, contramaestre, y son precisamente las que me preocupo por evitar —respondió el capitán—. Los saltos de viento de Nueva Caledonia son demasiado peligrosos y las rocas no bastan a detenerles. Si la Andalucía tuviese en el vientre calderas y una buena hélice bajo la popa, podría seguir tu consejo. Aprisionarme allí dentro de aquellas escolleras con un velero que no siempre obedece a los esfuerzos de su tripulación, no, verdaderamente no es para mí. Yo no soy un Cook, ni un Tasman, ni un Mendana.
—¡Oh! Valéis tanto como aquellos famosos capitanes.
—Sea como quieras, prefiero dirigirme hacia la bahía de Balabio. Además, aquella es nuestra meta, porque allí está la embocadura del Diahot. La Andalucía es sólida y vencerá siempre bien al Océano con tal que las rompientes no la acechen. ¡Válgame Dios! He aquí la nube que avanza. Son los saltos de viento que la empujan sobre nosotros.
Los ojos penetrantes del capitán se habían fijado en una mancha negruzca que tenía los bordes teñidos de fuego y surgía en aquel momento por el horizonte de Levante.
—¿La ves, Retón? —le preguntó.
Un sonoro mil diablos salió de los labios del viejo contramaestre.
—Aquella nube traerá una tromba —dijo después—. Tomemos algunos rizos, capitán.
—Y haz que al momento amainen los juanetes, los sobrejuanetes y las gavias —respondió el comandante—. Antes de ponerse el sol, aquella fea nube nos habrá alcanzado y la Andalucía comenzará un baile que no le hará tanta gracia a la señorita Mina.
Un largo silbido resonó de pronto sobre la cubierta del velero.
Los catorce marineros que formaban la tripulación y que en aquel momento, no teniendo nada que hacer, estaban observando los saltos del ribbonfish, se habían dispuesto para la maniobra, creyendo que había que virar de bordo al Sur o al Norte.
Siguieron rápidamente algunas voces de mando, secas, cortantes, lanzadas por el contramaestre, y aquellos jóvenes demonios del mar treparon con la agilidad de verdaderos simios por las escalas, parándose unos sobre los penoles de las gavias y otros sobre los masteleros de juanete o en los de sobre juanete.
La Andalucía, que marchaba con velocidad de seis a siete nudos por hora, siempre empujada por un buen viento largo de Levante, sucesivamente, según se arrollaban o cerraban las velas iba acortando la marcha.
El Andalucía era un hermoso velero, seguramente el más bello de los que poseía Chile en 1867, en cuya época no había aún desarrollado su potencia marítima y no daba gran sombra ni siquiera al vecino Perú que, por su parte, tampoco era demasiado fuerte sobre los mares. Era una lindísima fragata de mil cuatrocientas toneladas de desplazamiento, de cuatro palos, con velas cuadradas sobre el trinquete y mesana y cangrejas de un desarrollo extraordinario sobre los otros dos, sin contar los foques del bauprés.
Había sido botada al agua cinco años antes desde los astilleros de San Francisco de California, y contaba en su activo un buen número de viajes efectuados no sólo en el Océano Pacífico, sino también en el Índico. Durante las más terribles tempestades se había portado como valiente, oponiendo a los asaltos de las olas sus poderosos costados de encina californiana.
Parecía, no obstante, que los días felices iban a terminar allí para aquella espléndida nave que constituía la admiración de todos los marinos de Valparaíso, porque el huracán se presentaba espantoso aun para las cercanías de Nueva Caledonia, tristemente famosa por la violencia terrible de sus traidores saltos de viento, temidísimos por todos los navegantes del Océano Pacífico.
Cerrados los juanetes y sobrejuanetes y parte de las velas del trinquete, don José, junto con el contramaestre, quien ejercía a la vez funciones de contramaestre y de segundo, se habían puesto en observación sobre el castillo de proa, espiando ansiosamente la nube negra que continuaba agrandándose en el cielo con velocidad extraordinaria. Se hubiera dicho que en su húmedo seno se escondía Eolo en persona.
—¡Qué feo color! —había exclamado Retón, que de nubes y ciclones entendía no menos que el capitán—. Lloverá sobre nosotros con ensordecedor acompañamiento de truenos y rayos, y Dios sabe qué racha de ráfagas nos azotará los costados. Allí dentro hay ciento de aquellos golpes de viento que los marineros de Chile y de las islas del Sur llamamos williwaws; apostaría una piastra contra mi vieja pipa, llorosa de nicotina.
—¡Williwaws! —exclamó una voz detrás de ellos.
El capitán se volvió con viveza, diciendo:
—¡Oh! ¿Es usted don Pedro? ¿También usted, señorita Mina?
Un hermoso joven de veinticuatro a veinticinco años, de estatura no demasiado alta, todo músculos y nervios, con la piel morena y los ojos llenos de fuego, y que vestía un elegante traje de franela blanca, el clásico vestido de los viajeros, se había acercado a ellos, dando el brazo a una muchacha de dieciséis o diecisiete años, de perfiles finos y lindísimos, con el cabello largo y acaso; más negro que las alas del cuervo y la piel blanca, con aquellos reflejos alabastrinos indefinibles que se observan sobre la piel de las criollas sudamericanas.
—¡Los williwaws! —había repetido don Pedro—. Pero ¿no estamos ya entre las islas del archipiélago magallánico?
—Sin embargo, los saltos de viento que soplan en esta parte del Océano Pacífico no son menos peligrosos que los que descienden de la Cordillera, mi querido don Pedro —respondió el comandante—. No le harán mucha gracia a su hermana, ¿no es verdad, señorita?
El rostro de la jovencita se había obscurecido y sus bellísimos ojos, profundos y negros como los de las castellanas y de las catalanas, se habían ofuscado.
—No amo ni vuestras olas ni vuestros vientos —dijo después, esforzándose por sonreír.
—Estamos casi al término del viaje, señorita.
Un brusco salto de la nave, acompañado de silbidos violentísimos, interrumpió su conversación.
Una oleada monstruosa que parecía salir de las profundidades del Océano, se había arrojado bruscamente sobre la Andalucía, sacudiéndola como si fuese una cáscara de nuez.
Los rostros del capitán, de don Pedro y del contramaestre se habían ensombrecido, mientras el de Mina se ponía en aquel momento palidísimo.
Entre los silbidos del viento se oyó en aquel momento la voz siempre alegre de Manuel, el grumete, que se divertía en hacer rabiar al viejo lobo de mar y que gritaban:
—¡Hierva la olla grande! ¡Adelante la música! ¡Yo ya estoy dispuesto a bailar la zarabanda! ¡Ya está aquí la fiera!
Después, aquel demonio de muchacho, que estaba de pie sobre la cofa, cantó frente a las ráfagas que comenzaban a sacudir furiosamente la alta arboladura, con magnífica voz de tenor:
—Que muchos van a la feria a ver y no compran nada… Alonso, alcánzame el bandolín para hacer el acompañamiento.
—¡Largo de ahí arriba! ¡Calla, necio! —gritó el contramaestre.
—No, no calla necio —respondió Manuel, riendo—; para usted soy un mozo cocido.
El capitán y don Pedro, que parecían preocupadísimos, no habían prestado ninguna atención a aquél cambio de insolencias. Sólo Mina había sonreído y había mirado con admiración a su grumete, como solía llamarle, que bromeaba de aquel modo ante los primeros golpes de la tempestad.
Un diálogo rápido se había empeñado en voz baja entre don José y don Pedro.
—¡Terrible huracán! Un verdadero tornado —había dicho el primero.
—No es preciso ser marino para comprenderlo así —respondió el segundo.
—Usted, que es hijo de un hombre de mar y que entendéis de ello, tomad el mando de proa y a los primeros soplos haced tomar los rizos a las velas bajas. Yo vigilaré los timoneles.
—¿Tornasteis la altura a mediodía?
—Sí, don Pedro.
—¿A cuánto estamos de la costa?
—A ciento cincuenta millas de la bahía de Balabio.
—¿Si pudiéramos encontrar un refugio antes de que estalle el huracán?
—No hay refugios por aquí —respondió el capitán—; además, que nos faltaría el tiempo. Vuelva usted a llevar a su hermana al camarote y después en seguida a su puesto.
—Ese extraño hervidero del mar me hace sospechar la formación de alguna terrible tromba marina. Aprisa, don José, y no perdamos la cabeza.
Mientras el capitán se preparaba fríamente para la lucha, el Océano hacía también sus preparativos de combate.
Aunque después de aquellas primeras ráfagas y aquella oleada formada así como así sin que antes la hiciera sospechar ningún indicio, hubiera sucedido una calma relativa, de ningún modo convencía a nadie de la tripulación.
La tempestad estaba formándose y recogía todas sus fuerzas antes de lanzarse al campo y medirse con el Océano.
El sol, que estaba próximo a su ocaso, había empalidecido, como si estuviera enfermo; el aire se hacía fosco: y la gran nube negra se dilataba avanzando hacia Levante.
Tropeles de pájaros marinos pasaban sobre la Andalucía, lanzando largos chillidos y huyendo rápidos como saetas en dirección a la Nueva Caledonia a buscar un refugio entre las escolleras, antes de que el viento las envolviese. Unas veces eran picazas u ostreros completamente blancos con tintas rosadas en la extremidad de las plumas, otras alciones sagrados , alciones de tamaño medio y formidables pescadores, que saludaban a la tripulación con roncos gritos, o eran patos-petreles piquicortos, graciosas aves marinas del tamaño de una tórtola, con plumas gris azulado encima y blancas debajo, que volaban en bandadas numerosas. De cuando en cuando, algún espléndido albatros, tan grande como un águila, pasaba con extraño rumbo, sacudiendo sus inmensas alas, seguido de algunas parejas de petreles gigantes, todas obscuras, con sus cabezas armadas de un pico lo bastante robusto para poder romper el cráneo a un hombre.
Todos aquellos volátiles, aunque acostumbrados a desafiar las formidables tempestades del Océano Pacífico y los furores del Índico, manifestaban, con su fuga desordenada y vertiginosa, un verdadero pánico.
—Escapan demasiado aprisa —había murmurado el contramaestre, sacudiendo la cabeza—. La noche será una de las más terribles, y mejor querría encontrarme al seguro de mi casita de Asunción.
Eran las siete de la tarde y el sol apenas se había sumergido en el mar, cuando la voz del capitán retumbó como una tromba sobre el banco de cuarto.
—¡Al puesto de maniobra! ¡La guardia franca que deje las hamacas! ¡Ya está aquí el huracán!
Casi al mismo, tiempo, se dejó oír la voz seca y enérgica de don Pedro.
—¡Dos manos de rizos sobre el trinquete y sobre el mesana! ¡Abajo el gran foque!
El mar se había puesto a bullir y rebullir, lanzando en todas direcciones oleadas blanquecinas y vertiginosas que se coloreaban de modo extraño con los últimos reflejos de la luz crepuscular; su espuma a veces se teñía de rojo, como si millares de invisibles prismas condensasen allí el último rayo de sol vibrante todavía a través de los espacios celestes.
En tanto, la enorme nube ahora ennegrecida como si estuviera impregnada de tinta, avanzaba y avanzaba, más amenazadora, más terrible, sin que un relámpago la iluminase. Si faltaban también los truenos, se oían, sin embargo, salir alguna vez de su seno fragores extraños como si una granizada furiosa se abatiese sobre alguna ciudad invisible.
La Andalucía, con el velamen reducido, huía hacia el Norte, habiendo ahora girado el viento de Levante a Poniente, rompiendo de cuando en cuando su rumbó para correr una larga bordada hacia el Noroeste para no derivar demasiado y venir a encontrarse en medio del Pacífico meridional.
La obscuridad se hacía más densa de un momento a otro, porque también la luz crepuscular había desaparecido, aumentando así los horrores de la tempestad. Una vaga inquietud se había apoderado de todos, desde el capitán al último marinero. Sólo Manuel, que acaso no preveía la violencia de aquel ciclón, parecía tranquilo, porque de rato en rato, cuando los williwaws disminuían de intensidad, se oía descender de la cofa del trinquete su voz sonora que cantaba siempre: «Muchos van a la feria…» lo que hacía darse a los diablos al valiente contramaestre.
La verdad es que el endiablado muchacho quería demostrar al viejo lobo que era verdaderamente hijo de un buen marinero y que no era de ninguna manera un mozo cocido.
Retón estaba, sin embargo, ocupado en mirar a los timoneles en compañía del capitán y en observar el estado del mar. No cesaba de sacudir a diestra y siniestra su gruesa cabeza, todavía con hirsutos cabellos, no enteramente grises y ásperos como los de una fiera enfurecida. Parecía un verdadero oso blanco.
—Esto va malo —murmuraba constantemente—. Estos saltos de viento no me satisfacen de ninguna manera. Son los tiroteos de la vanguardia.
No se engañaba el viejo Retón. A las nueve, cuando la nube negra comenzaba a teñirse de luces extrañas, producidas sin duda por relámpagos intensísimos que daban a las olas lívido aspecto, los grandes williwaws comenzaron a alcanzarles, descendiendo con furia extrema desde las montañas de la Nueva Caledonia.
Se anunciaban con una especie de estremecimiento sonoro que se agigantaba rápidamente hasta llegar a ser un largo rugido, y después se abatían sobre el Océano, machacando, por decirlo así, las olas, las cuales, una vez pasado aquel soplo poderoso, se enfurecían con mayor rabia como para vengarse de haber estado por un momento dominadas por Eolo.
Quien se resentía de aquellas tremendas explosiones de ira del Pacífico, era la Andalucía.
Aunque estuviera construida a prueba de escollos, como dicen los americanos del Norte, la pobre velera sufría sacudidas terribles que hacían desfondarse hasta los estómagos de los más viejos marineros.
Se alzaba sobre las crestas como una ballenera vacía, tan bien equilibrada estaba su carga, envolviendo las altísimas puntas de su arboladura en los estratos inferiores de la inmensa nube negra; después se desplomaba en el báratro con una velocidad tan fulmínea, que parecía, más que un descenso, verdadera caída, y tal era la sensación que experimentaba la tripulación entera.
Y no era cosa de asombrarse por ello, porque las olas más gigantescas solamente se encuentran en el Océano Pacífico, ecuatorial y meridional.
En ninguna otra parte del mundo, ni siquiera en las proximidades del Cabo de Buena Esperanza o en las costas meridionales de Australia, las tempestades son tan tremendas como las que se abaten sobre las costas de Nueva Caledonia.
Acaso encontrásemos algo parecido en los ciclones que de cuando en cuando devastan las islas antillanas, pero aún son aquéllas menos traidoras y más breves.
En los parajes de la Nueva Caledonia, los vientos alcanzan una velocidad espantosa y no tienen dirección constante, porque soplan de todos los puntos del horizonte. Cuando comienza la danza, es un verdadero desastre para aquellos desgraciados habitantes, porque les levanta y desfonda los techos de las cabañas, derriban las plantas más colosales, y, cosa extraña, secan la mayor parte de las ramas de los árboles, comprometiendo gravemente las cosechas del año. De pronto, con gran estupor de la tripulación, pero no del capitán, una calma imprevista se manifestó en aquel espacio batido por el ciclón.
Las ráfagas, poco antes furiosas, habían cesado casi de repente y no se oían más que los profundos mugidos de las olas y el rumor del trueno en el interior de la gran nube negra.
Pedro, no menos sorprendido que los otros por el extraño cambio, había abandonado el castillo de proa, reuniéndose a don José, que se encontraba siempre sobre el castillete, con el contramaestre.
—¿Qué se nos prepara, señor Ulloa? —le preguntó—. Esta calma repentina me produce más temor que cien golpes de viento.
—Tenéis razón, don Pedro —respondió el capitán, cuya frente se había aún obscurecido más—; afortunadamente conozco demasiado bien estos mares para dejarme engañar. Otro, acaso se aprovecharía para desplegar más tela y huir; yo no cometeré semejante imprudencia. Esta es la traición del gran salto de viento.
—¿A cuánto ha descendido el barómetro?
—A 718 —respondió uno de los timoneles, que salía en aquel momento del cuarto de derrota.
—Es la cifra terrible —dijo el capitán—. ¡Otro colmo la calma!
Comenzaba a llover, o mejor a diluviar, y la gran nube negra se desgarraba, mostrando aquí y allá alguna estrella. No era lluvia, era una verdadera tromba de agua que se derrumbaba sobre la Andalucía; los imbornales no bastaban a desembarcarla, aunque había un gran número bajo las muras.
Otro cualquiera, no práctico en aquellos lugares, se hubiera convencido que la tormenta estaba para terminar. Hasta la luna comenzaba a asomar la cabeza entre los jirones de la gran nube.
Sin embargo, las preocupaciones de don José y; también las del contramaestre aumentaban.
La Andalucía había quedado casi inmóvil porque, como hemos dicho, no soplaba viento. Sólo las ondas siempre altísimas la sacudían fuertemente, golpeándole con furia y con estallidos ensordecedores, los sólidos costados. A bordo todos callaban como si hubieran tenido temor de que el eco de sus voces turbase aquella catea.
De improviso la voz vibrante de don José se hizo oír, dominando por un momento el fragor del Océano.
—¡Atención al golpe del viento! ¡Abajo todos los foques!
Apenas había pronunciado aquellas palabras, cuando la tripulación vio la nube recoger con fantástica rapidez todos sus jirones, replegándose sobre sí misma, mientras siniestros relámpagos, casi no interrumpidos, cruzaban en todas direcciones, iluminando la noche con lívidos reflejos, Casi repentinamente se oyó en lontananza extrañó rumor estridente que avanzaba con espantosa rapidez. Era la gran ráfaga que caía sobre la Andalucía.
Los marineros apenas habían tenido tiempo de amainar los foques. La terrible oleada de viento se abatió con mil aullidos sobre la nave, sacudiéndola como una pluma. Los cuatro palos, aunque sólo el trinquete tuviese las dos velas bajas, se plegaron crujiendo bajo el inmenso encontronazo, perdiendo algunas jarcias y vergas, pero, contra todas las previsiones, resistieron al ímpetu del ciclón. Las velas del trinquete y las gavias fueron arranciadas de golpe y sus pedazos desaparecieron a lo lejos como grandes gaviotas.
—¡Iza una vela! —gritó don José, mientras la nave amenazaba sumergirse.
La Andalucía, que ya había perdido su estabilidad, rodaba y cabeceaba espantosamente como si el lastre se hubiera, en aquel momento, desplazado de su lugar. Afortunadamente se componía, en vez de la acostumbrada arena, de gruesas planchas de metal superpuestas de modo: que no pudieran moverse.
Don Pedro, un poco pálido, se había nuevamente acercado al capitán.
—¿Se nos va el tesoro del antiguo jefe de los canacos?
—Esperemos que no —había contestado don José.
—¿Qué sucederá ahora?
—Sólo Dios lo sabe, don Pedro.
—Dudo de poder recoger la famosa herencia.
—¡Eh! Los ciclones no razonan.
—¿Cuánto podremos emplear en lograr la bahía?
—¿Quién puede saberlo? Podemos aún vernos obligados a seguir al largo.
—¡Qué fortuna para Ramírez!
—¡No nos ocupemos de él en este momento! El tesoro de la Montaña Azul no está aún en su mano.
—¿Y si hubiera ya llegado?
El capitán no respondió, miraba atentamente el Océano que se extendía ante la nave.
—¡Válgame Dios! —murmuró, retorciéndose nerviosamente el bigote—. Está formándose, estoy seguro de ello.
—¿El qué, don José?
—Una tromba —respondió el capitán con voz ronca— mirad allí, ante nosotros, donde las olas en vez de alzarse se bajan. Esta fea sorpresa no me la esperaba.
Después, alzando la voz, mandó:
—¡El cañón de señales, a cubierta! ¡Pronto! ¡Cargarle!
A doscientos pasos de la Andalucía, el agua comenzaba a girar vertiginosamente como si el mar estuviera agitado por una convulsión interna. Era la tromba marina que estaba formándose.