Corsarios y marineros:

Clásicos salgarianos #8. Una antología de cinco clásicos de aventuras:

El tesoro del presidente del Paraguay
El continente misterioso
Los corsarios de las Bermudas
Dos abordajes
Las extraordinarias aventuras de «Cabeza de Piedra»

Opiniones

Los corsarios de las Bermudas: "Nos encontramos ante la típica novela de aventuras con una estructura narrativa muy sencilla y perfecta para aquellos momentos en que necesitamos una lectura ligera. Las aventuras y situaciones graciosas se suceden sin parar lo cual hace que prácticamente el libro se acabe en un santiamén. En definitiva una lectura sin pretensiones y que no engaña sobre lo que ofrece." ~ Webjoram, Pensamientos Inconexos

El continente misterioso

Australia, 1870. Diego, Cardozo y el doctor Álvaro Cristóbal, médico de la Armada Paraguaya, llegan a Australia (el continente misterioso) para hallar a Benito Herrera, un científico paraguayo desaparecido en las cercanías del lago Woods, en el Territorio del Norte, hace unos meses. Durante el trayecto hacia el golfo de Carpentaria, los tres paraguayos sufren diversos peligros, incluyendo ataques de los aborígenes australianos.

Capítulo 1

El lago Torrens

—¡VAYA UN PAÍS! INCLUSO bajo los árboles se quema uno vivo. ¿Árboles? A fe mía que no merecen ese nombre. ¡Henos aquí en medio de un bosque y sin un palmo de sombra! ¡Extraña idea de la naturaleza ésta de que las hojas crezcan de través!
—Estamos en el país de la paradoja, marinero.
—¡Menudo país, por Baco! Nunca había visto una tierra semejante, y eso que he recorrido el globo terráqueo en todas direcciones. Fíjate qué continente, donde los árboles no dan sombra...
—Y en vez de perder las hojas como en nuestras tierras, pierden la corteza, marinero.
—Donde los cisnes son negros...
—Y las águilas blancas.
—Sí, Cardozo. Donde las ortigas son altas como árboles y los álamos pequeños como arbustos.
—Y donde se pesca el bacalao en los ríos y se encuentra la perca en el mar, marinero.
—Las serpientes tienen alas como los pájaros.
—Y las grandes aves no vuelan porque tienen muñones en vez de alas.
—Donde el termómetro sube cuando llueve y baja cuando hace buen tiempo...
—Y el aire es húmedo cuando hace buen tiempo y seco cuando llueve, marinero.
—Sí, Cardozo. Donde los perros no ladran y tienen cabeza de lobo y cuerpo de zorro.
—Y los peces tienen alas coloradas como las de los pájaros y las pliegan como las de las mariposas; y los árboles no dan frutos y en cambio sudan goma; y encuentras plantas que casi te envenenan por poco cerca que pases de ellas, y flores que te hacen volver ciego, animales que amamantan y tienen pico como los patos; donde los pájaros en vez de cantar restallan como el látigo, suenan como si tuviesen una campana en la garganta, ríen como un negro borracho, o lloran como un niño, o parecen relojes de péndulo; donde los animales tienen una bolsa para guardar a sus crías y sus piernas son desiguales, y donde los salvajes se comen los unos a los otros y serían felices metiéndote en el asador. ¿No es así, marinero?
—Sí, hijo mío, pero tú descripción me ha hecho poner la piel de gallina.
—¡A un marinero como tú, que ha tenido la muerte ante los ojos y que ha estado a punto de ser devorado vivo por los mondongueros de la pampa patagona! ¿Estás bromeando, maestro Diego?
—No bromeo, Cardozo; a pesar de todo, le tengo mucho aprecio a mi piel y no me gustaría perderla en este país, tan lejos del mío.
—¿Piensas volver con ella intacta?
—No pretendo tanto, Cardozo, pero dejarla toda aquí no me gustaría nada. Extraña idea la de nuestro doctor de ocultarse en el corazón de este continente.
—¿En el corazón? Atravesaremos todo este país misterioso, marinero.
—¿De un océano a otro?
—Sí, o mejor dicho, de las orillas de este lago a las costas septentrionales, aún no sé si al golfo de Carpentaria o al de King.
—¿Pero por qué quiso atravesar Australia?
—Aún no lo sé, pero me parece haber oído decir que se trataba de buscar las huellas de no sé qué explorador perdido no se sabe dónde y al mismo tiempo de explorar las costas septentrionales; otros en cambio me dijeron que se trataba de una gran apuesta.
—¿Es realmente tan difícil la travesía de este continente?
—Parece que no es cosa fácil, pues todavía se ignora con precisión si se trata de un enorme desierto o hay algo peor. Se dice sin embargo que alguien lo ha atravesado, pero no podría asegurarte si es cierto.
—¿Y nuestro doctor se empeñó en atravesarlo y en meter las narices en ese desierto?
—¿Te disgusta tal vez, Diego?
—No, estoy acostumbrado a viajes largos, o mejor dicho, estamos acostumbrados. ¿Acaso no atravesamos la pampa patagona para salvar el tesoro del pobre presidente Solano López? ¡Uf! ¡Cuando pienso que aquel valiente murió de aquella manera!... Pero dejemos a los muertos. ¡Eh, Coco, tráenos una botella! ¡Tengo necesidad de remojarme el gaznate y de ahogar los recuerdos!
Un aborigen australiano salió de un enorme carro, un auténtico dray australiano situado bajo un grupo de árboles inmensos, de copa frondosa y tronco blanco como si estuviera cubierto de cal, y se acercó llevando en sus manos simiescas una botella y dos vasos.
Era un auténtico ejemplar de la raza indígena que habita las regiones centrales del continente australiano. Tenía los cabellos largos, rizados, untados de una capa de grasa, la frente hundida, los ojos negros y brillantes, una boca de cocodrilo, el vientre saliente, y las piernas sin carnes. Su color era indefinible, pues se hallaba completamente cubierto de capas de pintura, pero más parecía bronceado que negro, aunque con tonos color chocolate.
—Aquí está, sir —dijo en inglés.
—Gracias, Coco —dijo el que atendía por maestro Diego.
Miró la botella, la descorchó e hizo tres o cuatro sorbos.
—Brandy, y del bueno —dijo después, chasqueando la lengua—. Toma un trago, Cardozo, te hará venir un sueño delicioso.
—¡Con este calor!
—Un sorbo te sentará bien, hijo mío.
—Pero... ¡Eh!
—¿Qué te pasa?
—¿No ves ese punto negro en el lago?
—¡Por cien mil diablos! ¿Será el doctor?
—Tal vez, Diego.
—Hace tres días que estamos aquí, esperándolo, y debía haber llegado hace veinticuatro horas. Estoy impaciente por verlo y por saber adónde vamos, o si es que hemos de permanecer todavía mucho tiempo en la orilla septentrional de este inmenso lago, en compañía de este salvaje de color de regaliz. ¡Vaya suerte! Yo que me veía viajando alrededor del mundo, cómodamente instalado en el puente de un vapor, haciendo escala de vez en cuando en los mejores hoteles, y heme aquí en cambio presto a sufrir hambre y sed y tal vez terminando mi existencia dando vueltas en un asador. En verdad que no valía la pena dejar el Paraguay y mucho menos el crucero. ¿Tú que dices, Cardozo?
—Que los años te vuelven gruñón, Diego. ¿Crees que el doctor nos habría llamado para pasearnos por el mundo como grandes señores? ¡Precisamente él! ¡Un naturalista, un explorador audaz, un cazador empedernido! Cuando se parte con dos marineros que han tenido el valor, modestia aparte, de atravesar el mar en globo, de escapar de manos de los patagones, de recorrer el extremo meridional de América del Sur para salvar un tesoro, es porque las han pasado de todos los colores...
—¡Alto ahí! ¡Mira, Cardozo! El punto negro aumenta de tamaño y despide humo.
Los dos hombres que así hablaban en la orilla septentrional del lago australiano de Torrens, vasta cuenca que abarca ciento cincuenta millas de la región llamada Tierra de Flinders, o Australia meridional, situada entre los 137° y 138° de longitud y los 31° y 33° de latitud Sur, se levantaron a un tiempo y fijaron atentamente la vista en el punto señalado.
Pero, antes de todo, demos una rápida mirada a los dos hombres. El que atendía por Diego era un buen ejemplar de lobo de mar, y sería reconocido como tal entre mil, aunque no llevase el traje de marinero que vestía.
Podría tener cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco años. Estatura alta, miembros muy desarrollados que denotaban una fuerza poco común, piel quemada y requemada por el sol tropical y los vientos marinos, rasgos enérgicos.
El otro, el llamado Cardozo, era mucho más joven; no tendría los veinte años. Era más bajo que su compañero, delgado, pero todo nervios, y parecía dotado de la extraordinaria agilidad de los cuadrumanos; era moreno como un mestizo, pero de rasgos bellos y finos, con dos ojos negros como carbones y dos labios sutiles siempre dispuestos a esbozar una sonrisa burlona.
Pese a su corta edad, se veía enseguida que estaba dotado de una sangre fría extraordinaria y de una audacia a toda prueba.
Los dos marineros habían dejado hacía dos semanas la pintoresca ciudad de Augusta, situada en el profundo golfo de Spencer, donde aguardaban el regreso desde Adelaida del doctor Álvaro Cristóbal, uno de los médicos más osados y brillantes de la escuadra fluvial del Paraguay, cazador empedernido, naturalista y explorador ya famoso que había dejado América para emprender un viaje de placer por todo el mundo en compañía de sus dos bravos marineros.
A cambio, éstos habían recibido un sobre sellado que contenía un cheque por 1.000 libras esterlinas junto con instrucciones precisas de ir a esperarlo a la costa septentrional del lago Torrens, junto al monte Polly, con un dray (especie de gran carromato) equipado de todo lo necesario para una larga expedición por el interior.
Y eso no era todo. El mismo día llegaba junto con el correo un aborigen australiano que Diego se obstinaba en llamar Coco, pero cuyo verdadero nombre era Niro-Warranga, que hablaba inglés corrientemente, e incluso farfullaba algo de español, y que debía encargarse de guiarlos hasta el lago.
Los dos marineros, sin discutir, sin intentar adivinar el objetivo de la misteriosa expedición que debía llevarlos a atravesar el continente, habían comprado un dray (colosal carromato tirado por seis pares de bueyes), tres caballos escogidos entre los mejores, armas, munición de boca y de guerra, tiendas y otros elementos necesarios, y se habían dirigido rápidamente hacia el Norte.
Tras bordear el amplio golfo y el lago Burt, habían llegado cuatro días después al de Torrens y, guiados por el aborigen, se habían dirigido a las playas septentrionales donde, según las instrucciones recibidas, acamparon junto al monte Polly.
Como decíamos, al ver aparecer sobre la superficie del lago el punto negro rematado por un penacho de humo, se habían levantado de pronto.
—¡Es una barca de vapor! —exclamó el maestro, mientras con las manos se protegía los ojos de los ardientes rayos solares—. Estoy seguro. Ya era hora de que llegase don Álvaro, pues de haber tardado más me habría encontrado cocido como una banana al horno.
—Siempre que el vapor no pertenezca a otra persona —dijo Cardozo.
—Imposible, hijo mío. ¿No ves cómo se dirige con toda precisión hacia aquí? Que yo sepa, en estas costas calcinadas por el sol no hay un solo establecimiento colonial, ni una sola aldea.
En aquel instante se oyó en el lago una serie de detonaciones y surgieron líneas rojizas en el barco. El maestro dio un salto.
—¡Ah! —exclamó—. Conozco ese ruido.
—Es el de una ametralladora; ¿no es cierto, marinero?
—Sí, Cardozo. Tal vez el doctor se haya provisto de ese aparato para agujerear las flacas espaldas de los salvajes. Puedes estar contento, hijo mío, si nuestro arsenal consigue ese nuevo refuerzo. ¡Eh, Coco, dame mi carabina!
Cargó el fusil que le entregó Niro-Warranga y disparó tres veces al aire. Otra detonación sonó en el barco.
—¡Es él! —exclamó Diego—. Disponte al saludo, Cardozo.
—Dispuesto, marinero —dijo el joven Cardozo sonriendo.
El vapor aumentaba de tamaño con rapidez. En menos de un cuarto de hora se situó a doscientos metros de la costa.
Lo tripulaban cuatro hombres; tres de ellos parecían marineros o bateleros australianos; el cuarto, de pie en la proa, era un buen mozo de unos treinta y cinco años de edad, alto, robusto, bronceado, de ojos negros, labios sombreados por un bigote también negro; en suma, un hombre que no debía ser menos audaz que Cardozo ni menos robusto que Diego.
Apenas el vapor tocó en la orilla, el doctor saltó ágilmente a tierra, se encaramó en las rocas y se detuvo delante del maestro y del joven marinero, que lo saludaban militarmente.
—Gracias, queridos amigos —les dijo—. Abajo las manos y estrechad la mía; aquí todos somos iguales.
—Es mucho honor —dijo Diego.
—Chócala, mi viejo marinero —dijo Álvaro alargándole la derecha.
—Y tú también, valiente Cardozo. Aquí sólo somos tres amigos.
Luego, dirigiéndose a los hombres del vapor, gritó:
—¡Descargad!
Los cuatro marineros llevaron a tierra un grueso paquete cubierto con una tela encerada, y con grandes precauciones se encaramaron por la rocosa ribera, depositándolo bajo el grupo de árboles.
—A ver si reconoces este aparato —dijo Álvaro a Diego.
—¡Cáspita! —exclamó el marinero, levantando el envoltorio—; es la ametralladora que se oía disparar hace poco.
—Sí, mi buen amigo, una ametralladora perfeccionada con veinticinco cañones dispuestos en forma de abanico y que mantendrá a raya a los salvajes del interior si intentasen asaltarnos. Te lo confío, pues tú ya conoces este juguete.
—Lo haré cantar en el momento oportuno, doctor, y ya verá cómo responderé a los asaltantes.
Otro paquete, pero mucho más ligero y pequeño, fue desembarcado del vapor y llevado a la orilla.
—¿Otro juguete? —preguntó Diego.
—No —dijo el capitán—. Pero también este objeto puede sernos de gran utilidad. Abre y examínalo.
Diego rompió las cuerdas y la tela que lo cubría y ante sus ojos apareció un rollo de goma.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—¿No lo adivinas?
—No.
—Es un barco.
—¡Un barco! ¡Quite allá! Usted quiere burlarse de mí, doctor.
—No bromeo, Diego. Es una canoa de goma muy fácil de manejar, pues como ves no pesa más de diez kilos, y tiene cabida para cuatro personas. Basta inflarla con un soplete para verla navegar mejor que una chalupa.
—Esto no lo había visto nunca. ¿Y tú, Cardozo?
—Ni yo tampoco, marinero.
—Siempre se inventan cosas nuevas; ya se sabe, estamos en el siglo de los descubrimientos.
Los marineros del vapor descargaron enseguida una caja de municiones destinadas a la ametralladora, cuatro pares de remos para la canoa de goma y varias cajas de víveres en conserva. Hecho esto, desearon al doctor buen viaje, se dirigieron a su barca y se alejaron a toda marcha en dirección sur.
El doctor los siguió por unos momentos con la mirada, y luego, volviéndose hacia los dos marineros, dijo:
—¿Tenéis todo preparado para la expedición?
—Contamos con un dray gigantesco, seis pares de bueyes, tres caballos que corren como el viento, seis fusiles “Snider” y seis revólveres, municiones en abundancia, víveres para seis u ocho meses, tiendas, mantas, vestidos, una pequeña farmacia, sierras, cuchillos, una cocina portátil. Creo que no falta nada, doctor.
—Perfecto. Pero, ¿sabéis a dónde vamos?
—Todavía no, doctor, pero poco importa a dónde vayamos —dijo Cardozo.
—¿No lo sospecháis?
—Parece que se trata de atravesar este continente misterioso.
—De eso se trata, Cardozo. Vosotros no teméis las expediciones largas, pues habéis atravesado la pampa patagónica, habéis sufrido peligros de todas clases y superado obstáculos increíbles.
—¡Bah! No venga ahora con ésas, doctor —dijo Diego.
—Os advierto que os voy a llevar a través de regiones casi inexploradas —añadió el doctor.
—Nosotros las exploraremos.
—Que habremos de atravesar desiertos horribles.
—Se atravesarán —dijo Cardozo.
—Que habremos de rechazar ataques de los indígenas.
—¡Bah! Ya hemos luchado con los salvajes —dijo Diego.
—Gracias, amigos. Sabía que podía contar con dos fieles y bravos marineros que no retrocederían ante ninguna dificultad. Sentémonos dentro del tronco de aquel colosal eucaliptus y os contaré a dónde iremos y los motivos que me empujaron a emprender este gran viaje, destinado a marcar un hito en la historia de las exploraciones. Niro-Warranga, tráenos una botella de champán.