Aventuras históricas:

Clásicos salgarianos #7. Una antología de cinco clásicos de aventuras:

Las panteras de Argel
Las hijas de los faraones
Cartago en llamas
El Capitán Tormenta
El León de Damasco

Opiniones

El Capitán Tormenta: "Un libro de aventuras "de los de antes". No busquéis dilemas morales o profundidad psicológica: aquí los buenos son muy buenos y los malos malísimos; Salgari no se para a analizar las acciones de sus personajes ni se detiene en descripciones que puedan frenar el ritmo de la narración. A eso añadidle duelos a espadas, honor, romance... hasta conseguir una lectura realmente entretenida." ~ Malapata, Goodreads

El León de Damasco: "Uno de los muchos libros de aventuras marítimas de Salgari. Con los elementos acostumbrados: Un protagonista de carácter majestuoso, un par de fieles servidores que exaltan la lealtad y el heroísmo, a la vez que dan un toque de humor a la historia, enemigos de una maldad ilimitada y personajes (como Sebastiano Veniero, Uluç Ali Reis y Gianandrea Doria), y contexto histórico utilizados de manera totalmente libertina. Por lo demás, es un libro muy entretenido, muy fácil de leer, y a pesar de que la desbordante imaginación del Autor destroza constantemente los hechos históricos, se disfruta de principio a fin." ~ Oscar Gonzalez, Goodreads

Las hijas de los faraones: "Egipto fue una constante inspiración para los escritores de novelas de aventuras de fines del XIX y comienzos del siglo XX. Buenos ejemplos de ello son varias obras de H.R. Haggard o este sugerente relato de Salgari, Le figlie dei Faraoni (1906)." ~ The Cult

Cartago en llamas: "Los personajes son estereotipicos y unidemensionales y las situaciones muy exageradas: Hiram es el mas valiente e invencible de todos los hombre, todossus guerreros moririan por el sin dudarlo, todas las mujeres se enamoran de el ... Normalmente esto me haria tirar el libro a la basura con cara de asco pero no fue el caso con este libro. Segui leyendo. Y me encanto. Lo escribio de prisa y tu lo tienes que leer de prisa. Salgari no es Dickens ni Victor Hugo, pero es diversion y emocion a raudales y sin pretensiones. Y despues de intentar leer "Tender is the night" era justamente lo que necesitaba." ~B. Fernandez, Goodreads

El Capitán Tormenta

Europa, 1571. Famagusta es el último baluarte cristiano en la isla de Chipre, alrededor de la ciudad se extiende el campamento sarraceno y cada día truenan los cañones. Entre los heroicos capitanes que resisten, se halla el capitán Tormenta, en realidad condesa de Eboli, quien se incorpora a la lucha para intentar liberar a su novio, el vizconde Le Hussière, capturado por los turcos.

Capituló 1

Una partita de Zara

—¡SIETE!
—¡Cinco!
—¡Cuatro!
—¡Zara!
—¡Por treinta mil cimitarras turcas! ¡Qué suerte la vuestra, señor Perpignano! En dos noches me habéis ganado ochenta cequíes. ¡Esto no puede continuar! ¡Prefiero una descarga de culebrina, aunque la bala sea disparada por esos perros infieles! ¡Por lo menos, no me martirizarán cuando conquisten Famagusta!
—¡Si la conquistan, capitán Laczinski!
—¿Lo ponéis en duda, señor Perpignano?
—De momento, sí. En tanto que estén a nuestro lado los mercenarios no será conquistada. La República sabe elegir a sus soldados.
—Pero no son polacos.
—¡Capitán, no ofendáis a los soldados dálmatas!
—No pretendo tal cosa. Pero si se encontrasen aquí mis compatriotas...
Murmullos amenazadores, que empezaron a oírse en torno a los dos jugadores, unidos al entrechocar de espadas nerviosamente blandidas, hicieron al capitán Laczinski interrumpir sus palabras.
—¡Oh! —exclamó cambiando el tono de su voz y esbozando una sonrisa—. ¡Ya conocéis, bravos mercenarios, que soy amigo de las bromas! Llevamos ya cuatro meses luchando juntos contra esos perros descreídos, que han jurado agujerearnos el pellejo, y sé lo que valéis. De manera, señor Perpignano, que mientras los turcos nos dejan en paz un rato, continuemos nuestra partida. Aún conservo unos veinte cequíes que están ansiando salirse del bolsillo.
Como para desmentir las palabras del capitán, en aquel instante se oyó el estampido del cañón.
—¡Ah, bandidos! ¡Ni por la noche nos dejan tranquilos! —exclamó el polaco parlanchín—. ¡Bah! ¡Todavía nos darán ocasión de perder o ganar unos cuantos cequíes! ¿No os parece, señor Perpignano?
—A vuestra disposición estoy, capitán.
—¡Tiráis vos!
—¡Nueve! —exclamó Perpignano, lanzando los dados encima del taburete que hacía las veces de mesa de juego.
—¡Tres!
—¡Once!
—¡Siete!
—¡Zara!
Una exclamación de contrariedad surgió de los labios del poco afortunado capitán, en tanto que en torno a él, brotaban algunas carcajadas, rápidamente reprimidas.
— ¡Por las barbas de Mahoma! —barbotó el polaco, tirando sobre el taburete un par de cequíes—. ¿Habéis pactado acaso con el demonio, señor Perpignano?
—¡Dios me guarde! ¡Soy buen cristiano!
—En tal caso alguien debe de haberos enseñado a lanzar los dados. ¡Apostaría mi cabeza contra las barbas de un turco a que ese que os ha enseñado es el capitán Tormenta!
—Juego a menudo con tan valiente caballero, pero no me ha dado la menor lección.
—¿Caballero? ¡Bah! —dijo el capitán, con alguna acritud.
—¿No le consideráis así?
—¡Bah! ¿Quién sabe en realidad de qué persona se trata?
—De todas maneras, es un joven amable y en extremo valeroso.
—¡Un joven!
—¿Qué pretendéis decir con esto, capitán?
—¿Y si no se tratase de un joven?
—Probablemente no tiene todavía veinte años.
—¡No me entendéis! Pero olvidemos al capitán Tormenta y a los turcos, y continuemos el juego. No deseo combatir mañana con la bolsa vacía. ¿De qué forma iba a pagar a Caronte el barquero sin tener conmigo un miserable cequí? Bien conocéis que para atravesar la Estigia hay que pagar, amigo mío.
—¿Tan cierto estáis de ir al infierno? —preguntó, entre risas, el señor Perpignano.
—¡Pudiera ocurrir! —replicó el capitán, cogiendo casi con cólera el cubilete y moviendo los dados—. ¡Aún quedan dos cequíes!
Esta escena se desarrollaba en una gran tienda de campaña que servía al mismo tiempo de cuartel y de cantina, a juzgar por los numerosos colchones amontonados en un extremo y los barriles acumulados tras un rústico banco, en el que se hallaba sentado el propietario de la tienda, bebiendo a tragos una garrafa llena de vino de Chipre.
Debajo de una lámpara de las denominadas de Murano, que pendía del machón central de la tienda, se encontraban ambos jugadores, y a su alrededor estaban reunidos una quincena de soldados de los que envió la República de Venecia, reclutados de sus posesiones dálmatas para proteger las colonias de Levante, amenazadas de continuo por la formidable cimitarra turca.
El capitán Laczinski era un hombre grueso y de elevada estatura, fuerte musculatura, imponentes bigotes y áspero pelo rubio. Su nariz tenía el color característico de la de un bebedor empedernido y sus pequeños ojos se movían sin cesar. Tanto en sus rasgos faciales como en su manera de hablar y sus gestos se adivinaba en el al capitán aventurero y al espadachín o matón de oficio.
El señor Perpignano era todo lo contrario que su rival. De bastante menos edad que el polaco, que ya contaba seguramente unos cuarenta años, se advertía en el al auténtico tipo de veneciano, alto y delgado, aunque robusto, con el cabello y los ojos negros, y la piel del semblante un poco pálida.
El capitán Laczinski llevaba una pesada coraza de hierro, y de su costado pendía una enorme espada. El señor Perpignano, en cambio, lucía el elegante traje veneciano de la época: casaca suntuosamente recamada, que le llegaba hasta media pierna, calzón de malla de varios colores y escarpines. Sobre la cabeza llevaba la toca azul ornada con una pluma de faisán.
En vez de un guerrero parecía un paje de Dux de Venecia, pese a su armamento, que consistía en una espada ligera y un puñal.
El juego había vuelto a iniciarse con entusiasmo, por las dos partes y con creciente curiosidad de los soldados, que, como ya indicamos, se hallaban en círculo alrededor del taburete que hacía las veces de mesa, en tanto que a lo lejos rugía de vez en cuando el cañón, haciendo agitarse la llama de la lámpara.
Ninguno, no obstante, parecía inquietarse demasiado por aquellos estampidos; ni siquiera el tabernero, que proseguía trasegando con toda tranquilidad el dulce y exquisito vino de Chipre.
El capitán había perdido ya —no sin grandes maldiciones— otra media docena de cequíes, cuando una de las cortinas de la tienda se alzó y un nuevo personaje, tapado con un amplio tabardo negro, y cuyo birrete se hallaba adornado por tres plumas azules, penetró en la tienda, exclamando con acento ligeramente irónico y sin embargo, lo bastante enérgico para ser obedecido:
—¡Magnífico! ¡Aquí se está jugando en tanto que los turcos pretenden demoler el fuerte de San Marcos y lo minan sin descanso! ¡Que mis hombres tomen las armas y me acompañen! ¡Allí se encuentra el peligro!
Mientras los soldados empuñaban sus alabardas, mazas de hierro y espadas de doble filo, que dejaron juntas en un rincón de la tienda, el polaco, que se encontraba de un endiablado humor por la huida ininterrumpida de sus cequíes, había alzado la cabeza, contemplando con hostilidad al recién llegado.
—¡Hola! ¡El capitán Tormenta! —exclamó en tono de burla—. ¡Ya podías defender solo el fuerte sin venir a terminar con nuestra partida! Famagusta no se entregará esta noche.
El joven era arrogante, acaso atractivo en exceso para ser un guerrero; no demasiado alto, pero esbelto, de rasgos correctos, con negros ojos que semejaban carbunclos, boca de mujer adornada con hermosos dientes, cutis algo atesado, que indicaba su origen meridional, y pelo largo y castaño.
Parecía antes bien una encantadora muchacha que un capitán de fortuna.
Sus ropas eran elegantes y cuidadas, aunque los continuos ataques de los turcos no le debían de dar demasiado tiempo para ocuparse de su tocado.
Llevaba una armadura totalmente de acero, con un pequeño escudo en mitad del peto, en el que se veían grabadas tres estrellas bajo una corona ducal; calzaba espuelas doradas y del cinto le pendía una espada cincelada, con empuñadura de plata, semejante a la empleada por los franceses de aquellos tiempos.
—¿Qué pretendéis decir con tales palabras, capitán Laczinski? —inquirió con voz bien timbrada, que contrastaba de una forma un tanto extraña con la ronca y fuerte del polaco, y sin abandonar la mano de la empuñadura de la espada.
—¡Que los turcos pueden aguardar hasta mañana! —contestó el aventurero, encogiéndose de hombros—. ¡Aún somos lo bastante fuertes para hacerlos retroceder hasta Constantinopla o a la mitad del maldito gran desierto de Arabia!
—No alteréis el sentido de las palabras, señor Laczinski —repuso el joven—. Os referíais a mí, no a los infieles...
—Vos o los turcos, para mí es lo mismo —interrumpió en forma brutal el polaco, todavía de pésimo humor por la mala suerte que con tal empeño le acosaba.
El señor Perpignano, que era un gran admirador del capitán Tormenta y a cuyas órdenes combatía, empuñó la espada dispuesto a precipitarse sobre el polaco, pero fue interrumpido por el joven, que había mantenido una absoluta serenidad, y le dijo:
—La vida de los defensores de Famagusta es en exceso valiosa para jugársela de semejante manera. El capitán Laczinski pretende reñir conmigo para desahogarse de las pérdidas sufridas o tal vez porque, como he oído decir, duda de mi valor.
—¿Yo? —exclamó el polaco, incorporándose. ¡Por las barbas de Mahoma! ¡Los que os han explicado eso son unos canallas, a quienes exterminaré como a perros rabiosos!...
—¡Proseguid! —interrumpió el capitán Tormenta con imperturbable serenidad.
—¡Pongo en duda vuestro valor! —replicó el polaco—. Sois demasiado joven para tener la reputación de famoso guerrero y, por otra parte...
—¡Acabad! —agregó el capitán, interrumpiendo con firmeza al señor Perpignano, que por segunda vez había vuelto a desenvainar la espada—. ¡Sois muy entremetido, capitán Laczinski!
El polaco derribó el taburete que les servía de mesa.
—¡Por san Estanislao, patrón de Polonia! —barbotó levantando con nervioso ademán sus lacios bigotes, que pendían como los de los chinos—. ¿Pretendéis burlaros de mí, capitán Tormenta? ¡Decídmelo llanamente!
—¡Ya podríais haberlo observado! —contestó el joven, siempre con acento burlón.
—¡Os consideráis muy experto espadachín cuando tenéis la osadía de burlaros de un viejo oso polaco, muchacho! ¡Si es que en realidad sois un muchacho, ya que tengo mis dudas!
Al escuchar aquellas palabras, el joven se tornó lívido y un destello de ira brilló en sus ojos negros.
—Hace cuatro meses —exclamó— que lucho en las trincheras y en los fuertes; me conocen y nos conocemos todos. Os notificaré, además, que mi espada de muchacho conoce mejor a los turcos que la vuestra de matón. ¿Lo habéis oído, capitán aventurero?
En esta ocasión fue el polaco quien se tornó lívido.
—¿Yo un aventurero? ¿Y me lo dice el capitán Tormenta?
—¡El capitán Tormenta puede lucir en su armadura una corona ducal!
—¡Yo me colocaré una real en la coraza! —contestó el polaco, riendo—. ¡Sea lo que sea, yo afirmo, duque o... duquesa, que no tenéis suficiente valor para enfrentaros a mi espada!
—¡Duque, ya os lo dije! —exclamó el joven y bizarro capitán—. ¡Esto lo solucionaremos entre los dos!
Los mercenarios, que se habían reunido a la derecha de su capitán, cogieron las alabardas y dieron un paso hacia adelante, en actitud de precipitarse sobre el polaco y despedazarlo.
Incluso el propietario de la tienda se había levantado del banco y, habiendo tomado un barrilito, se disponía a lanzarlo sobre el temerario aventurero. Pero un imperioso ademán del capitán Tormenta lo retuvo.
—¿Ponéis en duda mi valor? —dijo con acento irónico—. De acuerdo: todos los días un joven turco, sin duda muy valeroso, llega bajo nuestras murallas para desafiar al más experto espadachín y medir con él sus armas. Mañana no dejará de acudir. ¿Sois lo suficientemente valeroso para enfrentaros a él? Yo, sí.
—¡Me lo tragaré de un bocado! —repuso el polaco—. ¡No me amedrentan los turcos! ¡No soy veneciano ni dálmata! ¡No valen lo que los tártaros rusos!
—¡Hasta mañana!
—¡Belcebú me lleve consigo si falto!
—Yo ya estaré allí.
—¿Quién será el primero en batirse?
—¡El que gustéis!
—Ya que soy el de más edad, yo seré el primero; luego lo intentaréis vos, capitán Tormenta.
—Que sea así, si es vuestro gusto. Por lo menos no se podrá decir que los defensores de Famagusta se matan entre ellos.
—Y será más prudente —convino el polaco—. ¡La espada de Laczinski matará de esta forma a un guerrero más del ejército de Mustafá!
El capitán Tormenta cogió el tabardo que uno de sus soldados le entregaba y, poniéndoselo sobre los hombros, abandonó la tienda mientras decía a sus hombres:
—¡Al fuerte de San Marcos! ¡En ese punto es donde los turcos están minando y donde el peligro es más grande!
Y salió, sin mirar a su adversario, acompañado por el señor Perpignano y los soldados, quienes, aparte de las alabardas, llevaban arcabuces.
El polaco permaneció en la tienda y, no teniendo cómo ni con quién desahogar su mal humor, embistió contra el taburete, rompiéndolo a golpes y puntapiés, entre grandes protestas del tabernero.
La compañía de los soldados al mando del capitán Tormenta, que tenía por teniente al señor Perpignano, se encaminó hacia el fuerte, cruzando callejuelas estrechas flanqueadas por casas de dos pisos.
La noche era muy oscura. Todas las ventanas se hallaban cerradas y los faroles apagados. Caía una lluvia menuda y continua acompañada de un viento caluroso, enervante, procedente del desierto de Libia, que cruzaba silbando por entre los tejados de las casas.
El cañón retumbaba más a menudo que antes, y de vez en cuando un proyectil de piedra, de los utilizados en aquel tiempo, cruzaba silbando por los aires, dejando detrás una estela de chispas y se abatía con sordo estruendo en el tejado de alguna casa, hundiéndolo y haciendo cundir el espanto entre los moradores de la casa.
—¡Vaya noche! —exclamó el señor Perpignano, que marchaba al lado del capitán Tormenta—. Los turcos no podían haber elegido otra más apropiada para intentar el asalto al fuerte de San Marcos.
—Será trabajo inútil, al menos de momento —replicó el capitán—. La hora trágica de la caída de Famagusta no ha sonado aún.
—Pero no tardará en sonar, si la República no se apresura a mandar socorros.
—Será mejor no contar sino con el valor de nuestras espadas, señor Perpignano. La Serenísima se halla muy ocupada en proteger sus colonias de Dalmacia, y las galeras turcas navegan por las aguas del archipiélago y del Jónico, prestas a exterminar a quien acudiera en nuestro socorro.
—En tal caso habrá de llegar el día en que debamos rendirnos.
—Y también dejarnos asesinar, ya que estoy enterado de que el sultán ha ordenado llevar la lucha a degüello a fin de castigar nuestra prolongada resistencia.
—¡Miserable! ¡Nosotros habremos tal vez muerto ya y no estaremos presentes en tal exterminio, capitán! —dijo el señor Perpignano, suspirando—. ¡Desdichados habitantes! ¡Mejor sería para ellos quedar sepultados totalmente!
—¡Callad, teniente! —repuso el capitán—. Siento una gran congoja al pensar en el instante en que esas fieras procedentes del caluroso desierto de Arabia penetren en Famagusta, anhelosas de sangre igual que tigres.
La compañía había abandonado ya el recinto de la ciudad, alcanzando una amplia explanada cerrada en un lado por las casas y en el otro por una larga muralla, en la cual ardían varias antorchas.
Bajo aquella luz rojiza se veían varios hombres cubiertos de hierro, que se afanaban alrededor de algunas culebrinas. De vez en cuando un relámpago rasgaba las tinieblas, acompañado de un estampido.
Detrás de los artilleros, una gran fila de mujeres, algunas con suntuosas ropas, avanzaba en silencio, portando a duras penas enormes sacos, cuyo contenido arrojaban por encima de la muralla, afrontando, impertérritas, los proyectiles de los sitiadores.
Eran las valerosas mujeres de Famagusta, que reforzaban las murallas, minadas sin cesar por los enemigos, con las ruinas de sus moradas, abatidas por el bombardeo de los infieles.