La trilogía del Corsario Negro

Clásicos salgarianos #4. La saga de novelas que componen la trilogía de Emilio di Roccanera, Señor de Ventimiglia, más conocido como el Corsario Negro.:

El Corsario Negro
La reina de los caribes
Yolanda, la hija del Corsario Negro
Versiones íntegras y anotadas.

Opiniones

Excelente recopilaciòn de obras imposibles de conseguir en castellano y que completan la Saga de Sandokan y Yañez. Salgari, un verdadero maestro de las novelas de aventuras, somete a sus lectores a una sucesión inagotable de eventos que sus héroes deben afrontar y superar para alzcanzar sus objetivos. Su técnica narrativa ha alimentado a los escritores norteamericanos de la llamada "Pulp Fiction". Leer estas obras fue un maravilloso viaje a mi infancia y adolescencia. ~R. Salerno, Amazon.com

La trilogía del Corsario Negro

La saga de novelas que componen la trilogía de Emilio di Roccanera, Señor de Ventimiglia, más conocido como el Corsario Negro.

Capítulo 1

Los filibusteros de la Tortuga

UNA RECIA VOZ, que tenía una especie de vibración metálica, se alzó del mar y resonó en las tinieblas lanzando estas amenazadoras palabras:
—¡Los de la canoa! ¡Altos o los eche a pique!
La pequeña embarcación, tripulada solamente por dos hombres, avanzaba trabajosamente sobre las olas color de tinta. Sin duda huía del alto acantilado que se delineaba confusamente sobre la línea del horizonte, como si temiese un gran peligro de aquella parte; pero, ante aquel grito conminatorio, se había detenido bruscamente. Los dos marineros recogieron los remos y se pusieron en pie al mismo tiempo, mirando con inquietud ante ellos y fijando sus ojos sobre una gran sombra que parecía haber emergido súbitamente de las aguas.
Ambos hombres contarían alrededor de cuarenta años, y sus facciones rectas y angulosas se acentuaban aún más con unas espesas e hirsutas barbas que seguramente no habían conocido nunca el uso de un peine o de un cepillo.
Llevaban calados amplios sombreros de fieltro, agujereados por todas partes y con las alas hechas jirones, y sus robustos pechos quedaban apenas cubiertos por unas camisas de franela, desgarradas, descoloridas y sin mangas, que iban ceñidas a sus cinturas con unas fajas rojas reducidas igualmente a un estado miserable y que sujetaban sendos pares de aquellas grandes y pesadas pistolas que se usaban a finales del siglo dieciséis. También sus cortos calzones aparecían destrozados, y las desnudas piernas y los descalzos pies estaban completamente rebozados en un barro negruzco.
Aquellos dos hombres, a los que cualquiera habría podido tomar por dos evadidos de alguna de las penitenciarías del Golfo de Méjico si en aquel tiempo ya hubieran existido los penales de las Guayanas, al ver aquella sombra que se destacaba sobre el tenebroso azul del horizonte entre el centelleo de las estrellas, se miraron con gran inquietud.
—Mira, Carmaux —dijo el que parecía más joven—. Fíjate bien, tú que tienes mejor vista. Hemos de saber inmediatamente qué es lo que tenemos ahí delante. Es cuestión de vida o muerte.
—Es un barco, y aunque no está a más de tres tiros de pistola, no podría decirte si viene de la Tortuga o de las colonias españolas.
—¿Serán amigos...? ¡Hum! ¡Atreverse a venir hasta aquí, al alcance de los cañones de los fuertes y corriendo el peligro de encontrarse con alguna poderosa escuadra de las que escoltan a los galeones cargados de oro!
—Quienquiera que sean, ya nos han visto, Van Stiller, y puedes estar seguro de que no nos dejarán escapar. Si lo intentásemos no tardarían en mandarnos a hacer compañía a Belcebú con una buena ración de metralla en el cuerpo.
La misma voz, sonora y potente, volvió a resonar en la oscuridad y su eco fue apagándose sobre las aguas del Gran Golfo.
—¿Quién vive?
—¡El diablo! —masculló el llamado Van Stiller.
El otro marinero se subió en uno de los bancos de la canoa y a su vez gritó con todas sus fuerzas:
—¿Quién es ese tipo tan audaz que quiere saber de dónde venimos? Si tanto le quema la curiosidad, que venga aquí. Nosotros se la calmaremos a fuerza de plomo.
Aquel desafío, en lugar de irritar al hombre que les interrogaba desde la cubierta del velero, pareció divertirle, porque contestó:
—¡Venid a dar un abrazo a los Hermanos de la Costa!
Los dos hombres de la canoa lanzaron un grito de alegría.
—¡Los Hermanos de la Costa! —exclamaron.
Luego, Carmaux añadió:
—¡Que el mar me engulla si no conozco la voz que nos ha hecho tan amable invitación!
—¿Quién crees que sea? —preguntó Van Stiller, que había vuelto a tomar el remo y lo movía con gran brío.
—Sólo uno entre los valerosos hombres de la Tortuga puede atreverse a llegar hasta los fuertes españoles.
—¡Por mil demonios! ¿De quién estás hablando?
—Del Corsario Negro.
—¡Truenos de Hamburgo! ¡Él...! ¡El propio Corsario Negro!
—Sí, y tenemos tristes noticias para ese audaz marino —murmuró Carmaux suspirando—. ¡Su hermano ha muerto!
—¡Y quizá él esperaba llegar a tiempo para rescatarle vivo de las manos de los españoles! ¿No crees, amigo?
—Sí, Van Stiller.
—¡Es el segundo que le ahorcan!
—El segundo, sí. ¡Dos hermanos, y los dos colgando de la misma horca infame!
—¡Serán vengados, Carmaux!
—El Corsario Negro les vengará. Y nosotros estaremos con él. El día en que vea estrangular a ese maldito Gobernador de Maracaibo será el más feliz de mi vida. Ese día venderé hasta las dos esmeraldas que llevo cosidas en los calzones y, con el dinero que obtenga, que seguramente serán más de mil pesos, lo celebraremos en un gran banquete con nuestros camaradas.
—Ahí está el barco. ¡Lo que suponía! ¡Es el del Corsario Negro!
El barco, que poco antes apenas podía distinguirse en la oscuridad, no estaba ya a más de medio cable de la canoa.
Era uno de aquellos veloces veleros usados por los filibusteros de la Tortuga para dar caza a los grandes galeones españoles que llevaban a Europa los tesoros de América Central, de Méjico y de las regiones ecuatoriales.
Magníficos navíos, de alta arboladura, que sacaban el máximo provecho hasta de las más suaves brisas. Su proa y su popa eran altísimas, como en la mayor parte de los barcos de aquella época, y estaban formidablemente armados.
Doce piezas de artillería, doce espléndidas carronadas, mostraban sus amenazadoras bocachas a babor y a estribor, y en el alto alcázar estaban emplazados dos grandes cañones de caza, sin duda destinados a destrozar a golpes de metralla los puentes de los navíos enemigos.
El buque corsario se había puesto al pairo y esperaba la llegada de la canoa. A la luz del fanal de proa se distinguían diez o doce hombres armados de mosquetes y que parecían dispuestos a abrir fuego a la más leve sospecha.
Al llegar al costado del velero, los dos marineros cogieron un cabo que les fue echado desde cubierta con una escala de cuerda, retiraron los remos, aseguraron la canoa y treparon hasta la borda con sorprendente agilidad.
Una vez en el barco, dos de los hombres armados les apuntaron con sus mosquetes mientras un tercero se acercaba hasta ellos con un farol en la mano.
—¿Quiénes sois?
—¡Por Belcebú, señor! —exclamó Carmaux—. ¿No os acordáis de los amigos?
—¡Que un tiburón me devore si éste no es el vizcaíno Carmaux! —gritó el hombre del farol—. En la Tortuga se te creía muerto. ¡Rayos! ¡Otro resucitado! ¿No eres tú el hamburgués Van Stiller?
—En carne y hueso —repuso éste.
—De modo que también has conseguido escapar de la soga...
—La muerte me ha rechazado. Además, creo que es mejor seguir convida unos años más.
—¿Y vuestro capitán?
—Silencio —dijo Carmaux.
—Puedes hablar. ¿Ha muerto?
—¡Bandada de cuervos! ¿Dejaréis de graznar? —gritó la misma voz que poco antes había amenazado a los hombres de la canoa.
—¡Truenos de Hamburgo! El Corsario Negro —masculló Van Stiller al tiempo que un escalofrío sacudía su cuerpo.
Carmaux, levantando la voz, respondió:
—¡Aquí nos tenéis, comandante!
Un hombre había descendido del puente de mando y se dirigía hacia ellos con una mano apoyada en la culata de la pistola que llevaba en el cinto.
Vestía completamente de negro, con una elegancia poco frecuente entre los filibusteros del Golfo de Méjico, hombres que se conformaban con unos calzones y que cuidaban mucho más de sus armas que de su indumentaria.
Llevaba una rica casaca de seda negra adornada con blondas del mismo color y con vueltas de piel, y calzones también de seda negra y ceñidos a la cintura por una ancha faja listada. Calzaba altas botas y su cabeza estaba cubierta por un gran chambergo de fieltro adornado con una gran pluma igualmente negra que caía sobre sus hombros.
Lo mismo que en su vestido, en el aspecto de aquel hombre había algo de fúnebre. Su cara pálida, casi marmórea, resaltaba entre las negras blondas que rodeaban su cuello y las anchas alas del sombrero, y quedaba oculta en parte bajo una espesa barba negra, corta y algo rizada.
Sin embargo, sus facciones eran bellísimas. La nariz, regular; los labios, pequeños y rojos como el coral; la frente, ancha y surcada por una ligera arruga que daba a su rostro cierta expresión melancólica; los ojos, perfectos, negros como el carbón y coronados por espesas cejas, brillaban de tal forma que sin duda podrían turbar hasta a los más intrépidos filibusteros que navegaban sobre las aguas del gran golfo.
Era alto, esbelto, de porte elegante. Al ver sus aristocráticas manos se podía asegurar que se trataba de una persona de alta condición social y, sobre todo, de un hombre hecho al mando.
Al verle acercarse, los dos marineros de la canoa se miraron murmurando:
—¡El Corsario Negro!
—¿Quiénes sois y de dónde venís? —preguntó el corsario, deteniéndose ante ellos con la mano aún apoyada en la culata de la pistola.
—Somos filibusteros de la Tortuga, dos Hermanos de la Costa —repuso Carmaux.
—¿De dónde venís?
—De Maracaibo.
—¿Habéis escapado de manos de los españoles?
—Sí, comandante.
—¿A qué barco pertenecíais?
—Al del Corsario Rojo.
Al oír estas palabras, el Corsario Negro se sobresaltó. Luego permaneció silencioso durante unos momentos, con los ojos fijos en los dos filibusteros como si quisiera abrasarlos con su mirada.
—¡Al barco de mi hermano! —dijo luego con voz temblorosa.
Agarró bruscamente por un brazo a Carmaux y, casi a rastras, le llevó hasta la popa.
Al llegar bajo el puente de mando, levantó la cabeza y miró a uno de sus hombres, que estaba de pie en el puente como si esperara órdenes de su capitán, y le dijo:
—Mantén la posición, Morgan. Que los hombres no se separen de sus armas y que los artilleros mantengan encendidas las mechas. Quiero estar enterado de todo cuanto suceda.
—Sí, comandante —repuso Morgan—. Ninguna embarcación se acercará sin que seáis advertido.
El Corsario Negro, sujetando aún a Carmaux, descendió por una escalerilla situada bajo el espejo de popa y entró en un pequeño camarote amueblado elegantemente e iluminado por una lámpara dorada, a pesar de que en las embarcaciones corsarias estaba prohibido mantener luces encendidas después de las nueve de la noche. Luego, señalando una silla, se limitó a decir:
—Habla.
—Estoy a vuestras órdenes, comandante.
En lugar de interrogarle, el Corsario miraba a Carmaux fijamente mientras mantenía los brazos cruzados sobre el pecho. Estaba aún más pálido que de costumbre y suspiraba frecuentemente.
Dos veces abrió los labios como si quisiera hablar, cerrándolos inmediatamente. Parecía vacilar en hacer alguna pregunta cuya respuesta, sin duda, había de ser terrible. Por fin, haciendo un esfuerzo, preguntó:
—Le han matado, ¿verdad?
—¿A quién?
—A mi hermano, al Corsario Rojo.
—Sí, comandante —repuso Carmaux suspirando—. Le han matado, igual que a vuestro otro hermano el Corsario Verde.
Un ronco rugido, que tenía a la vez algo de salvaje y de desgarrador, surgió de los labios del Corsario.
Carmaux vio como palidecía horriblemente, llevándose una mano al corazón y cayendo sobre una silla mientras se tapaba el rostro con las anchas alas del chambergo.
El Corsario Negro permaneció en esta postura unos minutos. El marinero le oía sollozar. Luego, el Corsario se puso en pie, como avergonzándose de aquel momento de debilidad.
La tremenda emoción de que había sido presa no se reflejaba ya en su rostro. Su expresión volvía a ser tranquila y el color no más pálido que antes. No obstante, sus ojos brillaban como tétricas hogueras.
Dio dos vueltas alrededor del camarote, quizá para tranquilizarse completamente antes de continuar la conversación, y enseguida volvió a sentarse, diciendo:
—Sospechaba que iba a llegar demasiado tarde. Pero me queda la oportunidad de vengarme. ¿Le han fusilado?
—Ahorcado, señor.
—¿Ahorcado? ¿Estás seguro?
—Yo mismo le vi balanceándose en la horca levantada en la Plaza de Granada.
—¿Cuándo le han matado?
—Hoy, algo después del mediodía.
—¿Cómo ha sido su muerte?
—Ha muerto valientemente, señor. El Corsario Rojo no podía morir de otro modo. Así...
—¡Continúa!
—Cuando el lazo empezaba a estrangularle, sacó fuerzas de flaqueza para escupir al gobernador en la cara.
—¿A ese perro de Van Guld?
—Sí, al duque flamenco.
—¡Otra vez él...! ¡Siempre él...! ¿Qué odio feroz le impulsa contra mí? ¡Un hermano asesinado a traición y otros dos ahorcados!
—Eran los corsarios más audaces del golfo, señor. Es lógico que les odiara.
—¡Pero yo les vengaré! —gritó el filibustero con voz terrible—. ¡No, no moriré sin acabar antes con Van Guld y con toda su familia y entregar a las llamas la ciudad que gobierna! ¡Mal te has portado conmigo, Maracaibo, pero yo te llevaré la desgracia! ¡Aunque tenga que pedir ayuda a todos los filibusteros de la Tortuga y a todos los bucaneros de Santo Domingo y Cuba, no dejaré de ti piedra sobre piedra!
El Corsario estaba excitadísimo. Luego, serenándose, dijo:
—Ahora, amigo, dime cuanto sepas. ¿Cómo han conseguido apresaros?
—No lo han conseguido con las armas, nos sorprendieron a traición cuando estábamos inermes, comandante. Ya sabéis que vuestro hermano había llegado a Maracaibo para vengar la muerte del Corsario Verde. Había jurado, como vos, acabar con el duque flamenco. Éramos ochenta hombres dispuestos a afrontar cualquier peligro, incluso a todos los soldados del gobernador. Pero no contamos con los elementos. En la embocadura del golfo de Maracaibo nos sorprendió un tremendo huracán que destrozó casi totalmente nuestro barco. Sólo veintiséis, tras grandes fatigas, conseguimos llegar a la costa. Estábamos todos en condiciones deplorables, desarmados, imposibilitados para oponer la menor resistencia a cualquier ataque. Vuestro hermano nos dio ánimos y nos guió lentamente a través de los pantanos, temiendo que los españoles nos descubriesen y empezaran a seguir nuestros pasos. Creíamos que sería fácil encontrar un refugio seguro en los espesos bosques, pero caímos en una emboscada. Trescientos españoles, mandados por el propio Van Guld, cayeron sobre nosotros encerrándonos en un cerco de hierro, matando a los que oponían resistencia y conduciéndonos a los demás a Maracaibo en calidad de prisioneros.
—¿Mi hermano se encontraba entre estos últimos?
—Sí, comandante. Aunque sólo iba armado de un puñal, se defendió como un feroz león. Prefería morir luchando que ser trasladado a la ciudad y acabar en la horca. Pero el flamenco le reconoció y, en lugar de ordenar que le matasen de un disparo o de una estocada, le hizo trasladar a Maracaibo junto con los demás. Llegamos a la ciudad y, después de ser maltratados por los soldados e injuriados por toda la población, fuimos condenados a la horca. Sin embargo, ayer por la mañana mi amigo Van Stiller y yo, más afortunados que nuestros compañeros, conseguimos huir tras estrangular a nuestro centinela. Nos refugiamos en la cabaña de un indio y desde allí pudimos presenciar la ejecución de vuestro hermano y de sus valientes filibusteros. Luego, por la noche y ayudados por un negro, nos embarcamos en una canoa decididos a atravesar el Golfo de Méjico y llegar a la Tortuga. Eso es todo, comandante.
—¡Y mi hermano está muerto...! —dijo el Corsario con calma terrible.
—Le vi como os estoy viendo a vos ahora.
—¿Estará aún su cuerpo en la horca?
—Permanecerá en ella tres días.
—Y luego será arrojado a cualquier estercolero...
—Es lo más probable, comandante.
El Corsario se levantó bruscamente dirigiéndose hacia el filibustero.
—¿Tienes miedo?
—Ni siquiera de Belcebú, comandante.
—Entonces, ¿no temerás a la muerte?
—No, señor.
—¿Me seguirás?
—¿Adónde?
—A Maracaibo.
—¿Cuándo?
—Esta noche.
—¿Vamos a asaltar la ciudad?
—No, aún no somos suficientes. Van Guld recibirá mis noticias más tarde. Por ahora, sólo iremos nosotros dos y tu compañero.
—¿Solos? —preguntó Carmaux estupefacto.
—Solos.
—¿Qué queréis hacer?
—Rescatar los restos de mi hermano.
—¡Cuidado, comandante! Corréis el riesgo de caer prisionero vos también.
—¿Tú sabes quién es el Corsario Negro?
—¡Por Belcebú! En la Tortuga, ni en todas las islas próximas, nadie, filibustero o no, puede comparársele en valentía, audacia y decisión.
—¡Ve, pues, a esperarme sobre cubierta, y manda que preparen una chalupa!
—¡Es inútil, comandante; tenemos nuestra canoa que es una verdadera barca de carrera!
—¡Anda!